voladora

Las leyendas más populares de Mira tratan sobre Las Voladoras, las mismas que han sido transmitidas en forma oral a través de varias generaciones.

Estas leyendas se refieren a las hechiceras, magas, brujas o voladoras que habitaban en nuestra ciudad, así como también en Urcuqui y Pimampiro formando un triángulo perfecto entre estas 3 poblaciones, las mismas que se caracterizaban por llevar y traer noticias desde cualquier lugar del mundo de manera inmediata, así como por utilizar sus hechizos para ocultar los romances que mantenían con sus amantes ante sus maridos.

Otra característica de las voladoras era que se vestían de blanco, lo que a su vez nos hace deducir que eran hechiceras de magia blanca, además siempre se las ha representado como mujeres bellas, de cabelleras largas y que planeaban en el aire y no como la tradicional “bruja” de magia negra que volaba en escoba, tenía aspecto diabólico, llevaba sombrero puntiagudo, vestimenta y gato negros y acarreaba muchas desgracias y maleficios.

Las voladoras son seres mitológicos que, sin dejar de crear cierto miedo y curiosidad entre quienes escuchan las leyendas, eran consideradas más como el correo del pueblo que como brujas, ya que se dice que en aquellos tiempos en que no había comunicación inmediata como ahora, las noticias se conocían antes que los autores de las mismas tengan tiempo de regresar de sus viajes para contarlo y aquello se les atribuía a las voladoras.

Otro hechizo de las voladoras, según las leyendas, era convertir a los hombres en gallos o mano de plátanos cuando había necesidad de ocultarlos, pero nunca para hacerles daño.

Se cuenta que para emprender su vuelo tenían que vestir almidonadas enaguas blancas, ponerse unturas de ciertas pomadas maravillosas en las axilas y pronunciar aquella famosa frase “De villa en villa, sin Dios ni Santa María” y salían volando.

Existen otras caracterizaciones de la Voladora de Mira, pero en ellas se las hace aparecer como brujas de magia negra, que hacen daño y que están contactadas con el diablo, pero en lo que se refiere, estrictamente, a las leyendas narradas en Mira, esa concepción no aparece sino que es producto de leyendas de otros lugares como Urcuqui, Pimampiro, Caranqui y de otros países que quieren relacionarla con las Voladoras de Mira, incluso algunos escritores manifiestan que este lugar era el escogido para realizar los aquelarres (conciliábulos de brujas), pero de aquello nunca se ha contado en las leyendas mireñas.

Según las leyendas de las Voladoras, existen varias formas de hacer que éstas caigan a la tierra como: ponerse en el suelo abriendo los brazos en cruz, poner el sombrero boca arriba, o colocar las tijeras en cruz. Además para reconocer a las Voladoras se les debe pedir que al otro día vayan a casa del que le hizo caer a buscar o pedir sal y así se sabe de quien se trata, este es un rito que las voladoras deben cumplir.

Existen varias leyendas sobre las voladoras contadas a través del tiempo, dejando siempre al oyente con la intriga ¿existirían de verdad?, ¿será cierto lo que nos cuentan o simplemente serán producto de la gran imaginación de nuestra gente?, eso queda a criterio de nuestros queridos lectores.

LEYENDA

- Sintieron ese ruido? –Pregunté a mi señora y a mis hijos, a eso de las doce de la noche.
– Sí, -contestó mi esposa. ¿Qué será?
– Parece que algo cayó encima de la casa.

Hace muchos años, las casas de esta población eran cubiertas de paja y sin tumbados. Este tipo de cubierta permitía escuchar el más leve ruido.

La curiosidad fue tanta que me decidí a salir para ver lo que ocurría. Me levanté de la cama, me puse el poncho, abrí la puerta y cautelosamente salí al patio.

Los perros ladraban aterrados de espanto. La noche estaba iluminada por la luna. Alcé la vista por la cubierta de la casa y, ¡Oh sorpresa! Era una VOLADORA. Pero, tan pronto se percató de mi presencia, dio un salto y voló…

Llevaba en sus manos una escoba; su largo cabello suelto se agitaba en el viento; sus almidonadas enaguas blancas formaban una larga cola. Traté de acostarme en cruz sobre la tierra para lograr que caiga la voladora, pero cuando traté de hacerlo fue tarde. La voladora desapareció de mi vista.

- Ha sido una voladora – dije a mi mujer cuando entré a casa sin poder articular bien mis palabras por la nerviosidad que se apoderó de mí.

Juan, mi hijo mayor, dijo: A cada rato vienen las voladoras.

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