Sor Ana Altamirano

¡ UNA AMBATEÑA DE NACIMIENTO, PERO UNA MIREÑA DE CORAZÓN ¡

Nació en Ambato, provincia de Tungurahua, el 2 de mayo de 1926, en el hogar de Don Juan Altamirano y doña Anita Pérez. Siendo muy joven ingresó a la Comunidad de las Hermanas de la Providencia, donde se forma para la misión religiosa, la misma que la ha ejercido por más de sesenta años. Vida entregada a la educación de niños, jóvenes y misiones, demostrando el verdadero carisma de Providencia.

Mireños entusiastas, encabezados por el Padre Luis Oswaldo Pérez, párroco del pueblo de Mira, conocedores del alto espíritu de desprendimiento ante las necesidades de los pueblos, piden a don Luis León Ruales, que apoye la creación de una institución educativa católica; él aceptó con emoción este pedido, inmediatamente cedió su propiedad y empezó la construcción de la primera parte del local donde hoy funciona el plantel.

Por gestiones del Comité Pro.Fundación del colegio, encabezado por el Padre Galo Rosero, se consigue que la Comunidad de las Hermanas de la Providencia y de la Inmaculada Concepción, acepten el reto de fundar un colegio en una zona tan pobre, en aquel entonces…

Es así, como el 27 de septiembre de 1968, el amor de Dios se hace presente y llegan a este vasto taller de alfarería un “puñado de Hermanas de la Providencia”; tres educadoras: Sor Ana Noemí Altamirano, Sor Laura Mena y Sor Edilma Recalde.

Sor Ana Noemí Altamirano debía enfrentarse a la dura realidad de fundar un colegio venciendo muchas dificultades, ella, con su visión futurista, su optimismo, su entrega, sus ansias de trabajar en beneficio de la juventud y de la sociedad mireña, lo hizo posible; y, ahora la obra está ahí; manifestada en un engranaje de valores físicos, intelectuales y espirituales.

Al poco tiempo de inaugurado el colegio, las propiedades donadas por don Luis León Ruales, para el sostenimiento de esta institución, fueron invadidas por los aparceros. Este problema duró más de un año para solucionarse.

¿Qué habría pasado con el funcionamiento del plantel si se hubieran perdido estos bienes?…

Sor Anita, para defender el legado de los mireños, con su dinamismo, serenidad y valentía, iba a los barrios y caseríos más lejanos a solicitar que colaboren con la causa. No le importaba el temporal, la hora ni el medio de transporte; a veces iba en vehículo, otras a caballo y en muchas ocasiones se trepaba en un tractor para llegar a su destino.

¡Cuánta valentía, tenacidad y vitalidad transmitía a los mireños¡…. Realmente, por su liderazgo se recuperaron los bienes del colegio.

Sor Ana Nohemí Altamirano en las dos ocasiones que ha estado como rectora del colegio, ha sido el pilar fundamental de la labor educativa, que se levantó sobre bases verdaderamente sólidas y fuertes de moral y enseñanza católica.

En cuanto a la obra física de la institución, se divide en dos grandes etapas. En la primera hizo varios arreglos del edificio antiguo y pavimentación del patio central. Construcción de un edificio de dos plantas junto al teatro, para el internado.

Otra obra digna de indicar, es la creación de la Sección Nocturna del colegio, dando oportunidad a muchos mireños que habían quedado relegados de la educación.

En su segunda venida, construyó un edificio de tres plantas, bien equipado, con sus respectivos laboratorios. Una amplia capilla para las ceremonias religiosas. Obras que siguen ahí, como fieles y mudos testigos de la gran labor de una mujer emprendedora y tenaz.

El Colegio Experimental “León Ruales”, en octubre de 2005, recibe la grata sorpresa de contar nuevamente con la presencia de tan distinguida, recordada y querida educadora. Sor Anita ha vuelto a Mira y como ella dice, ha venido a su casa, a reencontrarse con su obra y a recoger los frutos de su siembra, porque en esta oportunidad no dirige el colegio, colabora con la formación de los estudiantes que allí se educan y comparte con sus ex -.alumnos la misión que Dios le encomendó.

También en este tiempo, además de su labor educativa, se dedicó a visitar a los “viejitos”, como ella los llamaba, para ayudarles a sobrellevar sus problemas, su soledad y fortalecerles espiritualmente. Ella es un ejemplo claro de responsabilidad, honradez, honestidad, respeto, rectitud, solidaridad: pero sobre todo, de humildad.

En agosto de 2007, nuevamente se alejó de nuestra ciudad, fiel a su voto de obediencia, viajó a su nuevo destino: la ciudad de Quito, donde actualmente, a sus 80 años de edad, sigue entregando su sabiduría, comprensión, cariño y ayuda a sus nuevas amigas, las estudiantes del colegio “La Providencia”.

Es una religiosa a carta cabal, que cumple el carisma de su fundador: ABANDONO, POBREZA, SENCILLEZ Y CARIDAD APOSTÓLICA.

Hoy que valoramos su valioso aporte a la sociedad, recomendamos su nombre, como un faro que guíe la senda de la generación actual y de las que vendrán; porque mujeres como ella son dignas de recordarse y mantenerse en la memoria de quienes de alguna forma, recibieron su simiente.


Colaboración de la Lic. Susana Palacios y del Lic. Arnaldo Reyes

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